Eva Cassidy. Autumn leaves

Georgia O´keefe

“Rellenar el espacio de modo hermoso. Eso es lo que el arte significa para mí".










Calla Lillies on Pink, 1928







Su amor por las flores como objeto de la pintura, también era explicado por ella misma diciendo que si una mira detenidamente una flor, tiene todo el mundo delante suyo.






Black Iris










Red Canna 1925








Pink Tulip, 1925

Flores grandes y en primeros planos, lirios, orquídeas, amapolas, en las que parece que el espectador quede envuelto completamente. Flores aisladas sin ninguna referencia espacial. Flores ante las que nosotros parezcamos meros insectos y que combinan sus formas abstractas con un naturalismo singular, que algunos han relacionado con el surrealismo. Para otros, las flores de O’Keeffe son metáforas sexuales por su sensualidad y sus formas, pero en cualquier caso, la pintura de O’Keeffe trasciende todo simbolismo y se afianza como una expresión plástica tan genuina y personal que no puede asociarse a ningún movimiento artístico.

E. TOLLE en Barcelona

MAITINES

"Aurora, me esperabas.
Con la primera pluma
de mi conciencia alerta has dado vuelo
al pájaro del día.
Qué fácil, suavemente
han rozado los aires
las alas de la luz y se satura
el cielo de azafranes"
[...]
Vicente Gallego




Vicente Gallego
"Si temieras morir"
Por Jesús Barrajón

Barcelona, Tusquets, 2008


Dos partes: Antes y Ahora
Experiencia iluminadora de carácter religioso
Desde que en 1996 publicara La plata de los días, Vicente Gallego nos hizo saber que no es un poeta propenso a acomodarse en unos determinados esquemas líricos por más que estos pudieran asegurarle el éxito que, quizá, el riesgo de aventurarse por otros derroteros no le prometían de manera tan evidente. Habían quedado atrás libros notables como Santuario (1986), La, luz, de otra manera (1988) y Los ojos del extraño (1990). Un mundo personal y poético -más autorreflexivo, más contemplativo- se abría a los ojos del lector en La plata de los díasSanta deriva (1996), respecto del cual (2002) y Cantar de ciego (2005) supusieron una culminación, a la vez que el nacimiento de un tono hímnico y celebratorio que contrastaba con el acusado pesimismo de la reflexión existencial contenida en algunos poemas. Que los referentes personales de los que nacían estos dos últimos libros divergían notablemente del de los libros anteriores, se observaba en el surgimiento de una espiritualidad que se había mantenido anteriormente si no ausente, sí agazapada. La publicación en 2008 de Si temierais morir confirma esa dirección de los dos últimos libros, pero envuelta ahora esa espiritualidad en unos referentes y en un lenguaje poético que divergen casi por completo del Gallego anterior, en una demostración evidente de esa tendencia suya por transitar nuevos caminos y hallar nuevos modos expresivos capaces de contener los referentes de una reflexión personal que en este caso lo aproxima a la mística. En ese sentido, es un libro valiente y arriesgado que demuestra la exigencia poética y personal del poeta.
En sus dos partes, Antes y Ahora, el libro da cuenta de un proceso de conversión y de la unión de carácter místico al que tras aquél se accede. Los poemas de la primera parte nos sitúan en un espacio en el que el yo expresa, desde el conocimiento de un mundo ya entrevisto pero no alcanzado, la necesidad de adentrarse en una diferente realidad, la que se esconde tras la comprendida únicamente por la vía de la razón. En el poema Cabeza, leemos: "Tú no escuchas, no sabes./ Deja al alma que oiga./ Deja que ella me sepa" (p. 48). El hablante vive en el sinsentido de lo aparente ("Me he mirado despacio/ y no me encuentro", p. 31) y en la incertidumbre de la extrañeza (¿"Es que a nadie le extraña/ lo que sucede aquí?", p. 25). De ese sentimiento doloroso de quien vive la lejanía de su propio ser, surge la voz que muestra el camino que borra esa distancia: ""Es preciso morir,/ es preciso callar/ para que hable/ el agua de la fuente" (p. 42). Aunque sea excesivamente simplificador, esta primera parte podría entenderse como resultado de la vía purgativa de los místicos, aquélla en la que él alma comprende desde el dolor la necesidad de su muerte.


Los poemas de Ahora nos llevan a la unión y la iluminación, en las que el yo se sitúa y desde las que se dirige al lector para mostrarle el sendero que hasta ellas conduce. El territorio conquistado, el de la inocencia y la pureza nacidas de la comunión con el Amado ("pues todo por la mano del Amado/ en justeza servido/ lo ve y en armonía", p. 72), ha sido ganado por "quien abre el corazón y lo hace oídos" (p. 80), por quien "así se levanta de este mundo" (p. 118). El poeta lo expresa bellamente en el verso que da título al libro: "Si temierais morir, abrid los ojos" (p. 115). La contingencia del ser y la conciencia de su propia muerte adquieren otro significado: el ser vive más allá de este tiempo y más allá del dolor y más allá de sí mismo cuando habita lo que en el poema Por saber el poeta llama "la vera vida" (p. 63). Sólo una cosa lo incomoda en la luz que lo acompaña, y no es otra que la dificultad para expresar esa experiencia en esencia incomunicable: "Por más que se procure, ¿cómo puede/ el claro de la luna ser contado/ al que no se sentó bajo su auspicio" (p. 94); "¿A quién daré noticia de este bien/ si uno solo comprende y es el vivo" (p. 110). Pero, aún así, habla, pues también su voz es otra y es otro quien se expresa y está llamado a abolir las distancias: "Esta voz ya no es mía [...] Ni escribe quien parece/ ni es reciente esta nueva,/ pues venimos los dos, ella conmigo,/ en boca de los cuerdos desde lejos/ a abolir las distancias" (p.9)


No es seguro que ese logro haya sido ganado en Si temierais morir. La comunicación de una experiencia iluminadora de carácter religioso no parece sencilla. Quienes lo han intentado en nuestro tiempo se han visto seducidos con frecuencia por la tradición del lenguaje místico que tantas veces resulta impostado y que, salvo raras ocasiones, transmite únicamente la impresión de la manipulación literaria con los modos y los tonos del lenguaje místico. El empeño de Vicente Gallego en ese sentido es notable, pero también la sensación de que no ha logrado despegar del todo del juego de oxímoros y paradojas, de la habitual imaginería mística, de las usuales metáforas que con pleno sentido y de forma admirable logró un día convertir en poema San Juan de la Cruz. De vez en cuando nos sorprende hallazgos (el poema Amores submarinos podría ser destacado), pero es más frecuente -a pesar del esfuerzo del poeta- que los versos lleguen a nuestros oídos y nuestros ojos como si fueran reflejo de la mística española del XVI, tanto en verso como en sus habituales paráfrasis en prosa, del tono admonitorio y hermético de algunos fragmentos del Evangelio, de juegos conceptuales del barroco español como el de la metáfora del mundo como teatro, como sucede en Un segundo después (p. 83). Hay en los poemas de Si temierais morir algo así como un corsé de tradición que le resta frescura al verso y que no le deja conquistar, salvo eventuales iluminaciones, una voz que poder compartir. No le resta al poemario altura poética -la tiene, sin duda- ni capacidad para transmitir la verdad del proceso del yo en la consecución del sentido del mundo. No le resta -al contrario, se la presta- valentía, la necesaria para atreverse a nombrar lo inefable. No es un libro realmente conseguido, pero quizá contenga el germen de lo que algún día será la expresión poética de la experiencia mística con un lenguaje que, como habitantes de este mundo y de este tiempo, podamos comprtir.

Campos de Espliego

http://www.museedelalavande.com/es/lavanda.php


la lavanda (también conocida como espliego) nos recompensa con un aroma fresco y primaveral que se mantiene como un clásico que nunca decae.

Son precisamente las inflorescencias en forma de espigas moradas las que se utilizan por su efecto relajante para propiciar el sueño.






a María Zambrano
El sueño va
despertándose
de su caida, de mi olvido disperso
Va, como el huesped más fiel
que habita,
llamando al día que nos hace inevitables
Hay una llamada de luz muda,
llena, primitiva, que da
forma a mi cuerpo que despierta.
El corazón del sueño se duerme
otra vez: la vida no descansa.
Entonces tiendo mi mano
al espacio de una habitación y abro
los ojos y se regresa al día



Del pensamiento


I
En las piedras
resbala una única
túnica
desnuda
Y sólo esconde el día
la palabra
que meditativo él anhela
II
El discípulo
asienta bajo la dura roca
Si busca la verdad
no sabe desentrañar
el gesto de su brazo
que agita la pócima
León frágil
que aspira sustentar
el rigor del mundo

Silencio

Por fin... oh! Paz
La claridad del silencio puro

Oscura
la noche penetra: paloma herida
herido silencio.

ROSAS EN LLAMAS


Sobre un oceano

de campanilleos

repentina

flota la mañana


GOCE


Siento en mí la fiebre

de esta plenitud de luz


Acojo este

día como

el fruto que se endulza

[...]

Giuseppe Ungaretti




EDWARD HOPPER


Dos elementos muy presentes en los trabajos de Hopper, en su poética pictórica, llaman a reflexión al poeta y le mueven a traducirlos en palabras: la luz y la distancia.
La luz, la luminosidad de las formas que brota del interior de éstas, que se refleja para nosotros, para nuestros ojos de veedores incorregibles y curiosos. Las figuras de Hopper, en este sentido, son focos de luz, de una luz que no es además fluida, que materializa los objetos, los espacios y las figuras, que no los desmaterializa bajo ninguna circunstancia.
Y la distancia. Los escenarios de Hopper y quienes los habitan están sin estar, se encuentran siempre a considerable distancia del lugar que ocupan. Están ausentes de lo que protagonizan sin querer o sin saber.
En las escenas de Hopper todo está sin estar, todo y todos se encuentran perdidos en un profundo misterio irresoluto del que el espectador es testigo asombrado y en busca de posibilidades, de porqués sin respuesta.

Ludovico Einaudi




 

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